Cuando uno comprende


En el día del Sacerdocio 2015

Hombres de Dios

Oh Jesús Sumo y Eterno Sacerdote, escucha nuestras súplicas por la santificación de tus ministros. Ellos participan de tu Sacerdocio adorable, son tus ministros y los encargados de comunicarnos los tesoros de tu Redención divina. Deben ser luz del mundo por la santidad de sus costumbres y sal de la tierra por la integridad de sus vida. Sólo así podrán sar pescadores de almas y amigos fidelísimos de tu corazón sacerdotal.

 

Pero viven Señor, en medio de un mundo que a veces, los odia y persigue. Están rodeados de dificultades y su labor es a veces dura y amarga. Ten piedad de ellos. Conserva puras esas manos que Tú ungiste para la digna celebración de la Santa Misa. Guarda puros esos corazones en los cuales escondiste el fuego del amor eterno. Ilumina siempre sus mentes con tu luz celestial y fortalece sus voluntades para que jamás se aparten de Ti. Que en todas partes aparezcan como los hombres de dios, y te reconozcan en ellos, no sólo por la divinidad de sus poderes, sin también por su perfección y virtud. 

 

Dales una fe viva, una esperanza firme y una caridad ardienet. Que amen la justicia y odien la iniquidad. Consérvalos fuertes para que jamás claudiquen delante del mundo y sus vanidades, guía sus pasos por sendas de prudencia y protege su pureza para que siempre se acerquen con dignidad a tu altar. Que delante de sus ojos esté siempre tu Sacerdocio adorable a fin de que consagren sus vidas a su glorificación y servicio y puedan gozar eternamente de tu Amor. Así sea. (Oración de las Hijas de la Iglesia).

 

Conversión

Estoy convencido de que la santidad de un Sacerdote atrae incontables conversiones. (Beato Luigio Biraghi).



A los nuevos Sacerdotes

En cuanto ustedes, hermanos e hijos dilectísimos, que están por ser promovidos al Orden del Presbiterio, consideren que ejercitando el ministerio de la sagrada doctrina, serán partícipes de la misión de Cristo, único maestro. Dispensen a todos aquella palabra que ustedes mismos recibieron con alegría de sus mamás y de sus catequistas. Lean y mediten asiduamente la palabra del Señor para creer en aquello que han leído, enseñar lo que han aprendido en la fe, para vivir aquello que han enseñado. Sea por lo tanto nutrición para el pueblo de Dios su doctrina, que no es suya: ustedes no son dueños de la doctrina, es la doctrina del Señor y ustedes tiene que ser fieles a la doctrina del Señor.


Sea por lo tanto nutrición al pueblo de Dios su  doctrina. Alegría y apoyo a los fieles de Cristo y perfume de su vida, para que con la palabra y el ejemplo edifiquen la casa de Dios y la Iglesia. Y así ustedes continuarán la obra santificadora de Cristo. Mediante su ministerio el sacrificio espiritual de los fieles se vuelve perfecto, porque unido al sacrificio de Cristo que por sus manos y en nombre de toda la Iglesia se ofrece en modo incruento en el altar en la celebración de los santos misterios.


Reconozcan por lo tanto lo que hacen, imiten lo que celebran porque participando al misterio de la muerte y resurrección del Señor lleven la muerte de Cristo en sus miembros y caminen en con Él en novedad de vida. Con el bautismo añadirán nuevos fieles al pueblo de Dios. Con el sacramento de la Penitencia perdonarán los pecados en nombre de Cristo y de la Iglesia.


Aquí quiero detenerme y pedirles por amor de Jesucristo, nunca se cansen de ser misericordiosos, ¡por favor! Tengan esa capacidad de perdón que ha tenido el Señor, que no vino a condenar pero a perdonar. Tengan misericordia, tanta, y si les viene el escrúpulo de ser demasiado perdonadores, piensen en aquel santo cura del que les hablé, que iba delante del tabernáculo y decía: 'Señor, perdóname si he perdonado demasiado, pero eres tú que me has dado el mal ejemplo'. Es así. Y les digo de verdad, me da tanto dolor cuando encuentro gente que no va más a confesarse porque fue apaleada, retada. ¡Han sentido que las puertas de las iglesia se le cerraban en la cara! Por favor no hagan esto, misericordia, misericordia.


El Buen Pastor entra por la puerta, y la puerta de la misericordia son las llagas del Señor, y si ustedes no entran en su ministerio por las llagas del Señor, no serán buenos pastores.
Con el óleo santo darán alivio a los enfermos, celebrando los sacros ritos y elevando en las diversas horas del día la oración de alabanza y súplica, se harán voz del pueblo de Dios y de toda la humanidad.Siendo conscientes de haber sido elegidos entre los hombres y constituidos en su favor para atender las cosas de Dios, ejerciten en letizia y caridad sinceridad la obra sacerdotal de Cristo, únicamente con la intención de agradar a Dios y no a ustedes mismos.

 

Y piensen a lo que decía San Agustín a los pastores que buscaban de gustarse a sí mismos: que usaban a las ovejas del señor como comida, para vestirse y para endosar la majestad de un ministerio que no se sabía si era de Dios. Para concluir, participando a la misión de Cristo hecho pastor en comunión filial con su obispo, empéñense a unir a los fieles en una única familia, para conducirlos a Dios Padre, por medio de Cristo en el Espíritu Santo. Tengan siempre adelante de sus ojos el ejemplo del Buen Pastor, que no vino para ser servido, pero para servir y para intentar salvar aquello que estaba perdido. (Papa Francisco).

Las hermanas del gozo sacerdotal

Queridos hermanos en el Sacerdocio: En el Hoy del Jueves Santo, en el que Cristo nos amó hasta el extremo (cf. Jn 13, 1), hacemos memoria del día feliz de la Institución del Sacerdocio y del de nuestra propia ordenación sacerdotal. El Señor nos ha ungido en Cristo con óleo de alegría y esta unción nos invita a recibir y hacernos cargo de este gran regalo: la alegría, el gozo sacerdotal. La alegría del Sacerdote es un bien precioso no sólo para él sino también para todo el pueblo fiel de Dios: ese pueblo fiel del cual es llamado el Sacerdote para ser ungido y al que es enviado para ungir.

Ungidos con óleo de alegría para ungir con óleo de alegría. La alegría sacerdotal tiene su fuente en el Amor del Padre, y el Señor desea que la alegría de este Amor “esté en nosotros” y “sea plena” (Jn 15,11). Me gusta pensar la alegría contemplando a Nuestra Señora: María, la “Madre del Evangelio viviente, es manantial de alegría para los pequeños” (Exhort. ap. Evangelii gaudium, 288), y creo que no exageramos si decimos que el Sacerdote es una persona muy pequeña: la inconmensurable grandeza del don que nos es dado para el ministerio nos relega entre los más pequeños de los hombres. El Sacerdote es el más pobre de los hombres si Jesús no lo enriquece con su pobreza, el más inútil siervo si Jesús no lo llama amigo, el más necio de los hombres si Jesús no lo instruye pacientemente como a Pedro, el más indefenso de los cristianos si el Buen Pastor no lo fortalece en medio del rebaño. Nadie más pequeño que un Sacerdote dejado a sus propias fuerzas; por eso nuestra oración protectora contra toda insidia del maligno es la oración de nuestra Madre: soy Sacerdote porque Él miró con bondad mi pequeñez (cf. Lc 1,48). Y desde esa pequeñez asumimos nuestra alegría.

Encuentro tres rasgos significativos en nuestra alegría sacerdotal: es una alegría que nos unge (no que nos unta y nos vuelve untuosos, suntuosos y presuntuosos), es una alegría incorruptible y es una alegría misionera que irradia y atrae a todos, comenzando al revés: por los más lejanos.

Una alegría que nos unge. Es decir: penetró en lo íntimo de nuestro corazón, lo configuró y lo fortaleció sacramentalmente. Los signos de la liturgia de la ordenación nos hablan del deseo maternal que tiene la Iglesia de transmitir y comunicar todo lo que el Señor nos dio: la imposición de manos, la unción con el santo Crisma, el revestimiento con los ornamentos sagrados, la participación inmediata en la primera Consagración… La gracia nos colma y se derrama íntegra, abundante y plena en cada sacerdote. Ungidos hasta los huesos… y nuestra alegría, que brota desde dentro, es el eco de esa unción.

Una alegría incorruptible. La integridad del don, a la que nadie puede quitar ni agregar nada, es fuente incesante de alegría: una alegría incorruptible, que el Señor prometió, que nadie nos la podrá quitar (cf. Jn 16,22). Puede estar adormecida o taponada por el pecado o por las preocupaciones de la vida pero, en el fondo, permanece intacta como el rescoldo de un tronco encendido bajo las cenizas, y siempre puede ser renovada. La recomendación de Pablo a Timoteo sigue siendo actual: "Te recuerdo que atices el fuego del don de Dios que hay en ti por la imposición de mis manos". (cf. 2 Tm 1,6).

Una alegría misionera. Este tercer rasgo lo quiero compartir y recalcar especialmente: la alegría del Sacerdote está en íntima relación con el santo pueblo fiel de Dios porque se trata de una alegría eminentemente misionera. La unción es para ungir al santo pueblo fiel de Dios: para bautizar y confirmar, para curar y consagrar, para bendecir, para consolar y evangelizar.

Y como es una alegría que solo fluye cuando el pastor está en medio de su rebaño (también en el silencio de la oración, el pastor que adora al Padre está en medio de sus ovejitas) es una “alegría custodiada” por ese mismo rebaño. Incluso en los momentos de tristeza, en los que todo parece ensombrecerse y el vértigo del aislamiento nos seduce, esos momentos apáticos y aburridos que a veces nos sobrevienen en la vida sacerdotal (y por los que también yo he pasado), aun en esos momentos el pueblo de Dios es capaz de custodiar la alegría, es capaz de protegerte, de abrazarte, de ayudarte a abrir el corazón y reencontrar una renovada alegría.

“Alegría custodiada” por el rebaño y custodiada también por tres hermanas que la rodean, la cuidan, la defienden: la hermana pobreza, la hermana fidelidad y la hermana obediencia.

La alegría sacerdotal es una alegría que se hermana a la pobreza. El Sacerdote es pobre en alegría meramente humana ¡ha renunciado a tanto! Y como es pobre, él, que da tantas cosas a los demás, la alegría tiene que pedírsela al Señor y al pueblo fiel de Dios. No se la tiene que procurar a sí mismo. Sabemos que nuestro pueblo es generosísimo en agradecer a los Sacerdotes los mínimos gestos de bendición y de manera especial los Sacramentos.

 

Muchos, al hablar de crisis de identidad sacerdotal, no caen en la cuenta de que la identidad supone pertenencia. No hay identidad –y por tanto alegría de ser– sin pertenencia activa y comprometida al pueblo fiel de Dios (cf. Exhort. ap. Evangelii gaudium, 268). El Sacerdote que pretende encontrar la identidad sacerdotal buceando introspectivamente en su interior quizá no encuentre otra cosa que señales que dicen “salida”: sal de ti mismo, sal en busca de Dios en la adoración, sal y dale a tu pueblo lo que te fue encomendado, que tu pueblo se encargará de hacerte sentir y gustar quién eres, cómo te llamas, cuál es tu identidad y te alegrará con el ciento por uno que el Señor prometió a sus servidores. Si no sales de ti mismo el óleo se vuelve rancio y la unción no puede ser fecunda. Salir de sí mismo supone despojo de sí, entraña pobreza.

La alegría sacerdotal es una alegría que se hermana a la fidelidad. No principalmente en el sentido de que seamos todos “inmaculados” (ojalá con la gracia lo seamos) ya que somos pecadores, pero sí en el sentido de renovada fidelidad a la única Esposa, a la Iglesia. Aquí es clave la fecundidad. Los hijos espirituales que el Señor le da a cada Sacerdote, los que bautizó, las familias que bendijo y ayudó a caminar, los enfermos a los que sostiene, los jóvenes con los que comparte la catequesis y la formación, los pobres a los que socorre… son esa “Esposa” a la que le alegra tratar como predilecta y única amada y serle renovadamente fiel. Es la Iglesia viva, con nombre y apellido, que el Sacerdote pastorea en su parroquia o en la misión que le fue encomendada, la que lo alegra cuando le es fiel, cuando hace todo lo que tiene que hacer y deja todo lo que tiene que dejar con tal de estar firme en medio de las ovejas que el Señor le encomendó: Apacienta mis ovejas (cf. Jn 21,16.17).

La alegría sacerdotal es una alegría que se hermana a la obediencia. Obediencia a la Iglesia en la Jerarquía que nos da, por decirlo así, no sólo el marco más externo de la obediencia: la parroquia a la que se me envía, las licencias ministeriales, la tarea particular… sino también la unión con Dios Padre, del que desciende toda paternidad. Pero también la obediencia a la Iglesia en el servicio: disponibilidad y prontitud para servir a todos, siempre y de la mejor manera, a imagen de “Nuestra Señora de la prontitud” (cf. Lc 1,39: meta spoudes), que acude a servir a su prima y está atenta a la cocina de Caná, donde falta el vino. La disponibilidad del Sacerdote hace de la Iglesia casa de puertas abiertas, refugio de pecadores, hogar para los que viven en la calle, casa de bondad para los enfermos, campamento para los jóvenes, aula para la catequesis de los pequeños de Primera Comunión…. Donde el pueblo de Dios tiene un deseo o una necesidad, allí está el Sacerdote que sabe oír (ob-audire) y siente un mandato amoroso de Cristo que lo envía a socorrer con misericordia esa necesidad o a alentar esos buenos deseos con caridad creativa.

El que es llamado sea consciente de que existe en este mundo una alegría genuina y plena: la de ser sacado del pueblo al que uno ama para ser enviado a él como dispensador de los dones y consuelos de Jesús, el único Buen Pastor que, compadecido entrañablemente de todos los pequeños y excluidos de esta tierra que andan agobiados y oprimidos como ovejas que no tienen pastor, quiso asociar a muchos a su ministerio para estar y obrar Él mismo, en la persona de sus Sacerdotes, para bien de su pueblo.

En este Jueves sacerdotal le pido al Señor Jesús que haga descubrir a muchos jóvenes ese ardor del corazón que enciende la alegría apenas uno tiene la audacia feliz de responder con prontitud a su llamado.

En este Jueves sacerdotal le pido al Señor Jesús que cuide el brillo alegre en los ojos de los recién ordenados, que salen a comerse el mundo, a desgastarse en medio del pueblo fiel de Dios, que gozan preparando la primera homilía, la primera Misa, el primer bautismo, la primera confesión… Es la alegría de poder compartir –maravillados– por vez primera como ungidos, el tesoro del Evangelio y sentir que el pueblo fiel te vuelve a ungir de otra manera: con sus pedidos, poniéndote la cabeza para que los bendigas, tomándote las manos, acercándote a sus hijos, pidiendo por sus enfermos… Cuida Señor en tus jóvenes Sacerdotes la alegría de salir, de hacerlo todo como nuevo, la alegría de quemar la vida por ti.

En este Jueves sacerdotal le pido al Señor Jesús que confirme la alegría sacerdotal de los que ya tienen varios años de ministerio. Esa alegría que, sin abandonar los ojos, se sitúa en las espaldas de los que soportan el peso del ministerio, esos curas que ya le han tomado el pulso al trabajo, reagrupan sus fuerzas y se rearman: “cambian el aire”, como dicen los deportistas. Cuida Señor la profundidad y sabia madurez de la alegría de los curas adultos. Que sepan rezar como Nehemías: “la alegría del Señor es mi fortaleza” (cf. Ne 8,10).

Por fin, en este Jueves sacerdotal, pido al Señor Jesús que resplandezca la alegría de los Sacerdotes ancianos, sanos o enfermos. Es la alegría de la Cruz, que mana de la conciencia de tener un tesoro incorruptible en una vasija de barro que se va deshaciendo. Que sepan estar bien en cualquier lado, sintiendo en la fugacidad del tiempo el gusto de lo eterno (Guardini). Que sientan la alegría de pasar la antorcha, la alegría de ver crecer a los hijos de los hijos y de saludar, sonriendo y mansamente, las promesas, en esa esperanza que no defrauda. (Papa Francisco, Misa Jueves Santo, Abril 17 del 2014). Publicado en www.religionenlibertad.com

Santos Sacerdotes anónimos

 El Papa  Francisco: 'Agradezco a tantos Sacerdotes que dan la vida por su pueblo'

CIUDAD DEL VATICANO, 27 de enero de 2014 (Zenit.org) - La Iglesia no se puede entender como una simple organización humana, la diferencia la hace la unción que el Espíritu da a los obispo y sacerdotes para servir al pueblo de Dios. Lo ha afirmado el Papa Francisco en la misa de hoy lunes en Santa Marta. Por ello el Pontífice ha dado las gracias a tantos Sacerdotes santos que dan la vida en el anonimato del servicio cotidiano.

 

Al comentar la primera lectura de la liturgia de hoy, que habla de las tribus de Israel que ungen a David como su rey, el Papa ha explicado el significado espiritual de esta unción: "Sin esta unción David habría sido solamente el jefe" de "una empresa", de una "sociedad política, que era el Reino de Israel", habría sido solamente un "organizador político". Sin embargo -ha indicado Francisco- "después de la unción, el Espíritu del Señor" desciende sobre él y permanece con él. Y la Escritura dice, ha recordado el Papa: "David iba creciendo cada vez más en el poder y el Señor Dios de los ejércitos estaba con él". Y ha subrayado que "ésta es precisamente la diferencia de la unción". El ungido es una persona elegida por el Señor. Así es en la Iglesia para los Obispos y los Sacerdotes.

 

Y el Papa ha explicado: "los obispos no son elegidos solamente para llevar adelante una organización, que se llama Iglesia particular, son ungidos, tienen la unción y el Espíritu del Señor está con ellos. ¡Pero todos los obispos, todos somos pecadores, todos! Pero somos ungidos. Y todos queremos ser más santos cada día, más fieles a esta unción. Y eso es lo que hace la Iglesia precisamente, eso que da la unidad a la Iglesia, es la persona del obispo, en nombre de Jesucristo, porque es ungido, no porque ha sido votado por la mayoría. Porque es ungido. Y en esta unción una Iglesia particular tiene su fuerza. Y por participación también los Sacerdotes son ungidos".

 

El Pontífice ha continuado señalando gracias a la unción, nace en los Obispos y los Sacerdotes esa alegría y fuerza que permite "llevar adelante a un pueblo, ayudar a un pueblo, vivir al servicio de un pueblo". Dona la alegría de sentirse "elegidos por el Señor, mirados por el Señor, con ese amor con el que el Señor nos mira, a todos nosotros". Así, "cuando pensamos a los Obispos y a los Sacerdotes, debemos pensarlos así: ungidos".

 

A continuación el Papa ha observado que "al contrario no se entiende la Iglesia, pero no solo no se entiende, no se puede explicar cómo la Iglesia va adelante solamente con las fuerzas humanas. Esta diócesis va adelante porque tiene un pueblo santo, muchas cosas, y también un ungido que la lleva, que la ayuda a crecer. Esta parroquia va adelante porque tiene muchas organizaciones, muchas cosas, pero también tiene un Sacerdote, un ungido que la lleva adelante. Y nosotros en la historia conocemos una mínima parte, pero cuántos Obispos santos, cuántos Sacerdotes, cuántos Sacerdotes santos que han dejado su vida al servicio de las diócesis, de la parroquia; cuánta gente ha recibido la fuerza de la fe, la fuerza del amor, la esperanza de estos párrocos anónimos, que nosotros no conocemos. ¡Hay muchos!"

 

De hecho, Francisco ha recordado que son muchos "los párrocos de campo o párrocos de ciudad que con su unción han dado fuerza al pueblo, han transmitido la doctrina, han dado los sacramentos, es decir, la santidad".Finalmente, el Santo Padre ha añadido: "'¡Pero, Padre, yo he leído en un periódico que un Obispo ha hecho tal cosa o que un Sacerdote ha hecho tal cosa!' Eh, sí, también yo lo he leído, pero, dime, ¿en los periódicos vienen las noticias de eso que hacen muchos Sacerdotes, muchos Sacerdotes en tantas parroquias de ciudad y del campo, tanta caridad que hacen, tanto trabajo que hacen para llevar adelante a su pueblo?' ¡Ah, no! Esto no es noticia. Eh, lo de siempre: hace más ruido un árbol que cae, que un bosque que crece. Hoy pensemos en esta unción de David, nos hará bien pensar en nuestros Obispos y en nuestros Sacerdotes valientes, santos, buenos, fieles y rezar por ellos. ¡Gracias a ellos estamos aquí!".  (Texto traducido y adaptado de Radio Vaticano por Rocío Lancho García, publicado en www.zenit.org)

 

Rezar para que florezcan

Recordando la recomendación de Jesús: “La mies es abundante, pero los trabajadores son pocos; rogad, pues, al Señor de la mies que mande trabajadores a su mies” (Mt 9, 37-38), percibimos claramente la necesidad de orar por las vocaciones al sacerdocio y a la vida consagrada. No ha de sorprender que donde se reza con fervor florezcan las vocaciones. La santidad de la Iglesia depende esencialmente de la unión con Cristo y de la apertura al misterio de la gracia que actúa en el corazón de los creyentes. Por ello quisiera invitar a todos los fieles a cultivar una relación íntima con Cristo, Maestro y Pastor de su pueblo, imitando a María, que guardaba en su corazón los divinos misterios y los meditaba asiduamente (cf. Lc 2, 19). Unidos a Ella, que ocupa un lugar central en el misterio de la Iglesia, podemos rezar: 

                                                                                     Padre, 

haz que surjan entre los cristianos 
numerosas y santas vocaciones al sacerdocio, 
que mantengan viva la fe 
y conserven la grata memoria de tu Hijo Jesús 
mediante la predicación de su palabra 
y la administración de los Sacramentos 
con los que renuevas continuamente a tus fieles. 

Danos santos ministros del altar, 
que sean solícitos y fervorosos custodios de la Eucaristía, 
sacramento del don supremo de Cristo 
para la redención del mundo. 

Llama a ministros de tu misericordia 
que, mediante el sacramento de la Reconciliación, 
derramen el gozo de tu perdón. 

Padre, 
haz que la Iglesia acoja con alegría 
las numerosas inspiraciones del Espíritu de tu Hijo 
y, dócil a sus enseñanzas, 
fomente vocaciones al ministerio sacerdotal 
y a la vida consagrada. 

Fortalece a los obispos, sacerdotes, diáconos, 
a los consagrados y a todos los bautizados en Cristo 
para que cumplan fielmente su misión 
al servicio del Evangelio. 

Te lo pedimos por Cristo nuestro Señor. Amén. 

María Reina de los Apóstoles, ruega por nosotros. (Benedicto XVI, 2006)

Una Eucaristía permanente hasta llegar a la primera Misa

Para un Sacerdote la Misa, no es solamente un rito litúrgico, la celebración de un sacramento. Por su vocación el Sacerdote debe hacer de su vida una Eucaristía permanente. Porque la Eucaristía no solamente nutre espiritualmente la vida del Sacerdote, sino que le da forma y contenido.

 

Como Cristo en la Eucaristía, el Sacerdote, está llamado a hacer de su vida una donación total a Dios, y, en Dios a los otros; esta donación conlleva el olvido de sí mismo para servir a los otros, o sea que le exige una continua negación de sí mismo, que a veces, puede llegar al holocausto.

 

El Sacerdote celebrando cada día la Eucaristía, va construyendo día a día, poco a poco, en silencio, la Eucaristía de us vida. Es una Misa sufrida, fatigosa, casi anónima, sin el esplendor de la liturgia, pero eso sí, abierta a los ojos del Señor que acepta su ofrecimiento. Y así día a día, va perfeccionando esta ofrenda. Al llegar al final de la vida la celebración es completa, es, en cierto modo, la primera Misa del Sacerdote". (Cardenal Rosalio Castillo Lara, SDB ( Perlas de sabiduría de la verdad vivida, Luz Marina Rodríguez Olaya, p 39-40).

Un sólo sermón bastaría

 

 

 

 

 

 

¡Cuánto me hubiera gustado ser Sacerdote para predicar sobre la Santísima Virgen! Un solo sermón me habría bastado para decir todo lo que pienso al respecto. (Santa Teresita del Niño Jesús).

Otro Cristo

Un Sacerdote debe ser pequeño y grande a la vez;

noble de espíritu, como si fuera de sangre real;

simple y natural, como si fuera de raíz campesina;

un héroe en la conquista de sí;

un hombre que ha combatido con Dios;

una fuente de santificación;

un pecador que Dios ha perdonado;

soberano de sus deseos;

un servidor para los tímidos y débiles

que no se abaja ante los potentes

pero se inclina ante los pobres;

discípulo de su Señor;

pastor de su rebaño;

un mendigo de manos  abiertas;

portador de muchísimos dones;

un hombre sobre el campo de batalla;

una madre para confortar a los enfermos;

con la sabiduría de la edad;

con la confianza de un niño;

dirigido hacia lo alto;

con los pies sobre la tierra;

hecho para la alegría;

experto para sufrir;

lejos de toda envidia;

que sabe ver lejos;

que habla con franqueza;

un amigo de la paz;

enemigo de la inercia;

fiel para siempre... otro Cristo.

(Texto medieval Autor anónimo).

El hombre del futuro

 

El Sacerdote es el hombre del futuro: es aquél que se ha tomado en serio las palabras de Pablo: “si han resucitado con Cristo, busquen las cosas de arriba” (Col 3,1). Lo que se haga en la tierra está en el orden de los medios ordenados al fin último. La Misa es el único punto de unión entre los medios y el fin, porque nos deja ya contemplar, bajo la humilde apariencia del pan y del vino, el Cuerpo y la Sangre de Aquél que adoraremos en la eternidad. Las frases sencillas pero densas del santo Cura de Ars sobre la Eucaristía nos ayudan a percibir mejor la riqueza de ese momento único de la jornada en el que vivimos un cara a cara vivificante para nosotros mismos y para cada uno de los fieles. “La felicidad que hay en el decir la Misa se comprenderá sólo en el cielo”, escribía (Nodet. p. 104). Los animo por tanto a reforzar su fe y la de los fieles en el Sacramento que celebran y que es la fuente de la verdadera alegría. El Santo Cura de Ars escribía: “El Sacerdote debe sentir la misma alegría (de los Apóstoles) al ver a Nuestro Señor, al que tiene entre las manos” (Benedicto XVI).

Un sacerdote es

Una parroquia que no muere.

Una iglesia que no hay que cerrar.

Un Sagrario donde siempre está Jesús en la Santa Hostia, consolando y bendiciendo.

 

Pidamos a Dios que nos envíe muchos y santos Sacerdotes.

 

Un Sacerdote es:

 

Una Misa cada día durante 20, 30, 50 años.

 

Es una multitud de niños bautizados, de jóvenes instruidos en la religión y de ancianos llevados hacia Dios.

 

Es un sinnúmero de enfermos visitados y consolados.

Una muchedumbre de pecadores en camino de conversión, de angustiados a liberados.

 

Por eso vale la pena seguir el Sacerdocio como vocación y animar a los que están en este camino. ( Adaptado de texto anónimo).

Querido amigo

Quisiera correr

y darte un abrazo agradecido

por lo que dices, cantas y escribes.

 

Quisiera algún día, 

estar en el mismo camino 

de servicio en que estás, 

y no puedo.

 

Quisiera hacer 

lo que haces por los demás,

viajar contigo,

anunciar a Dios contigo,

hablar a los niños,

a los jóvenes y a las familias.

 

Dios me pide un camino

diferente de amar

y aunque lo encuentre difícil,

es el que debo recorrer.

 

No obstante me considero

a tu lado predicando

lo que tú predicas,

diciendo lo que tú dices,

cantando lo que cantas,

sirviendo como sirves,

querido amigo Sacerdote.

 

(Autor anónimo)

 

 

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